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martes, 5 de junio de 2012
LA IMPORTANCIA DE GOYA. ROMANTICISMO Y REALISMO
El mundo de la creación artística comprendida entre las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del IX ha sido abordado como una confrontación entre dos tipos de planteamientos estéticos: el clasicismo y el romanticismo; en el primero pre-dominaría la razón mientras que en el segundo lo harían los sentimientos.
Históricamente, este período cronológico va ser uno de los más convulsos y fructíferos del mundo occidental. Fue la época de la Ilustración, de la revolución francesa y de la expansión de las ideas liberales, movimientos todos que tuvieron gran re-percusión a todos los niveles. Fue el tiempo del triunfo de conceptos como Libertad, Igualdad o Justicia Social, y estos conceptos se trasladarán al terreno del Arte, que verá cómo los artistas innovan sus temáticas y sus técnicas.
Otro de los cambios más significativos que se producen es el del concepto de artista. El ideario individualista del liberalismo, la caída del Antiguo Régimen y la afirmación de la autonomía de la creación artística frente a los grandes principios religiosos o políticos, crean las condiciones idóneas para la aparición del artista entendido como genio único e irrepetible. Su relación con la sociedad se hace más compleja. Se produce un cambio en la clientela artística y una variación de la función social del artista, cada vez más vinculado a la realidad del momento, como pasó con Francisco de Goya, que escapa a cualquier intento de clasificación artística.
A mediados del siglo XVIII surgen en Gran Bretaña una serie de planteamientos estéticos basados en la subjetividad y el sentimiento. El triunfo del neoclasicismo man-tuvo al Romanticismo en una situación embrionaria durante décadas. La vinculación del neoclasicismo y el imperio napoleónico provocó como reacción la identificación del Romanticismo con las nociones de libertad, independencia e individualismo.
La caída de Napoleón en 1815 marcó la eclosión del Romanticismo. La Europa del Congreso de Viena, restauradora del Antiguo Régimen, estaba muy lejos de los ideales románticos, por lo que el Romanticismo no se configura como una estética identificada con el poder establecido, sino como una actitud de rebeldía. Con este espíritu se desarrollará hasta mediados del siglo XIX.
El Romanticismo se basa en la reivindicación de la subjetividad y los sentimien-tos individuales, lo que hace que en su seno quepan posturas de ideologías dispares, aglutinadas alrededor de algunos núcleos básicos que le dan coherencia: individualidad, sensibilidad, inconformismo y deseo de huída del mundo cotidiano, que se mani-fiesta en el interés por los territorios exóticos y la Edad Media. Esta fascinación por el exotismo o el pasado, hizo que parte de la arquitectura del siglo XIX diera lugar a histo-ricismos (imitación de las formas arquitectónicas antiguas), como por ejemplo la catedral de Colonia, finalizada en el siglo XIX pero inspirada claramente en las formas góticas.
Sin embargo, no todo el Romanticismo supuso una evasión de la realidad inmediata. De hecho, se caracteriza por unir la sugestión que les producen otros paisajes y épocas con la preocupación por el mundo que le rodea, tal como hizo Delacroix.
Un poco antes de mediar el siglo XIX, se comenzó a apreciar el agotamiento de los valores románticos y el deseo por parte de los artistas de incorporar experiencias más directas y objetivas a sus obras. El proceso, aunque gradual, es rápido, y entre el Romanticismo y el Realismo se puede establecer una continuidad, a pesar de sus diferentes planteamientos ideológicos y formales.
Desde el punto de vista ideológico, el Realismo estaba influido por el socialismo, lo que hace que aprecien interés por la situación de las clases más desfavorecidas de la sociedad surgida de la revolución industrial. Algunos pintores se comprometerían con los intereses del proletariado y demostrarán su combatividad a través del arte, mientras que otros, más moderados, dulcificarán la realidad en sus obras.
Todos ellos comparten una estética basada en la representación directa de la realidad, variando de la crudeza objetiva de Courbet (Entierro de Ornans) a la simplifi-cación gráfica de Daumier (La lavandera), pasando por el filtro idealista de Millet (El Ángelus). Para los pintores realistas no hay temas inicuos, ya que cualquier asunto puede ser objeto de interés artístico. Este planteamiento tiene una enorme importancia si tenemos en cuenta que la crítica oficial intentaba imponer temáticas, actitudes y composiciones. Frente a ella, los pintores realistas defenderán una pintura sin argumento (Buenos días, señor Courbet), una simple captación de la realidad (Las espigadoras), donde lo fundamental es la forma en que se representa la imagen y no su desarrollo narrativo.
Una vez vistas las principales características de estos movimientos artísticos, analizaremos la trayectoria de sus principales exponentes: Francisco de Goya, Eugène Delacroix y Gustave Courbet.
Por el momento que le tocó vivir, Francisco de Goya (1746-1828) debería haber sido un pintor tardobarroco o como mucho neoclásico. Sin embargo, su genialidad escapa de cualquier planteamiento estético de la época, destrozando cualquier intento de encasillamiento en una u otra tendencia artística.
Su pintura posee una riqueza tan enorme que en sí misma se aleja de sus coetáneos. Sus maestros fueron Velázquez y Rembrandt, y es a partir de ellos donde Goya manifestará su genio y de paso ejercerá una gran influencia sobre los románticos (Delacroix), los realistas (Daumier), los impresionistas (Manet), los expresionistas (Munch) o los abstractos (Klee). Quizás por esta enorme proyección de su obra, Goya no fue un pintor bien encajado en su tiempo. No fue un hombre de su época, sino más bien un hombre contra su época.
Tan solo en las primeras fases de su carrera, el joven Goya se adapta a la estética dominante: pinturas vitalistas y joviales, cartones para tapices con temas costumbristas... que le supondrán méritos para convertirse en pintor de la Corte española (1783). De este período son los retratos del conde de Floridablanca, Carlos III y los duques de Osuna, donde Goya refleja la sociedad alegre y despreocupada de los últimos años del siglo XVIII.
En 1792, por causas todavía no aclaradas, Goya se queda sordo, y de esta sor-dera, que le aislará por completo del mundo que lo rodea, surgirá un artista nuevo que dejará de lado aquellos cuadros y cartones alegres y desenfadados para sumergirse en el escepticismo, el sarcasmo y la crueldad de la vida. Esta es la época de los Caprichos, su primera serie de grabados (El sueño de la Razón produce monstruos). Su pintura, cada vez más personal, alcanza la madurez en una serie de grandes retratos: La duquesa de Alba (1795-1797), Jovellanos (1798), La familia de Carlos IV (1800) y Las Majas (1803).
La invasión francesa y la Guerra de la Independencia (1808) rompen definitiva-mente el ya de por sí inestable equilibrio de Goya, que ve cómo el país que creó los ideales ilustrados es el mismo que los impone mediante la brutalidad de las armas. Durante la guerra, Goya viajó por España y lo que vio lo plasmó en los grabados de los Desastres de la guerra. Su pintura es cada vez más variada y comienzan a aparecer temas oníricos (El coloso, 1809), aunque destacan dos cuadros emblemáticos: La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del tres de mayo (1814). En ellos no sólo se re-presentan dos escenas concretas de la lucha contra los franceses, sino también la exal-tación dramática, la crueldad de la guerra y la sinrazón de la violencia.
En 1819, cansado y decepcionado por la persecución de los liberales por Fernando VII, Goya compra una finca en las proximidades de Madrid, la llamada Quinta del Sordo, y allí se refugia huyendo de una sociedad a la que desprecia. Allí, entre 1820 y 1822 desarrollará las denominadas pinturas negras, donde libre de cualquier condi-cionante, el pintor da rienda suelta a sus monstruos interiores: violencia (Lucha a garrotazos), brujería (El aquelarre), degradación (Saturno devorando a sus hijos), etc.
En 1826, Goya solicita permiso al rey para instalarse en Burdeos. Allí, lejos ya del asfixiante ambiente de la opresiva España de Fernando VII, el pintor recupera la luz, el color y la esperanza, tal como se ve en una de sus últimas obras, La lechera de Burdeos, pintada en 1827.
Adentrándonos ya en el Romanticismo y en una de sus mayores figuras, Eugène Delacroix (1798-1863), hay que señalar que su producción pictórica es amplia y variada, aportando una visión más compleja al estilo. Su primera gran obra, La barca de Dante, provocó reacciones exaltadas, desde el rechazo absoluto de los academicistas más conservadores, hasta la ardiente defensa de intelectuales como el poeta Baudelai-re. Aunque vivió hasta 1863, la pintura de Delacroix tuvo su máxima expresión entre 1824 y 1834. De esta década son sus mejores obras: La matanza de Quíos, La muerte de Sardanápalo, y especialmente La Libertad guiando al pueblo, en la que conmemora las jornadas en las que los parisinos derrocaron al absolutista Carlos X.
Ya en el Realismo, la figura más destacada fue Gustave Courbet (1819-1877), un pintor que mantenía un firme compromiso político, participando directamente en los principales sucesos de su tiempo. Sin embargo, Courbet se distanció claramente de sus predecesores en la forma de entender la manera de servirse del arte. Courbet está de acuerdo con los románticos en rechazar la realidad, pero en lugar de evadirse, lo que hace es mostrárnosla en toda su crudeza a fin de que el espectador compartiera los mismos sentimientos de repudio y reaccionara en su contra.
La obra de Courbet se caracteriza por la fidelidad absoluta a la realidad, a la fuerza del dibujo, al detallismo y al color estudiado. Dentro de esta línea sobresalen sus grandes obras: El entierro de Ornans (1849), Buenos días, señor Courbet (1854), El taller del pintor (1855) y Señoritas a caballo del Sena (1857), y un conjunto de desnu-dos como El sueño o La Fuente, en los que la carga erótica resulta palpable.

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