La Península Ibérica recibe el nombre de Hispania tras la
llegada de los romanos; antes de estos, la península había estado habitada por
diferentes culturas: iberos, celtas, fenicios (tartesos), griegos y
cartagineses.
Desde
el desembarco de Escipión al frente del ejército romano en Ampurias (218 a.C) con el objetivo de
frenar la expansión cartaginesa hacia el norte, se inicia un proceso de
aproximadamente 200 años en el que los
itálicos, alternando políticas generosas con otras dictatoriales, llegaron a
dominar prácticamente todo el territorio. En ese proceso de conquista, además
de hacer frente a los cartagineses, tuvieron que eliminar dos importantes
núcleos de resistencia, a los Lusitanos (Viriato, 139 a.C.) y a los Celtíberos
(Numancia, 133 a.C.)
Tras
Numancia, el cónsul Escipión Emiliano había logrado someter toda la península
salvo los territorios del norte en los que se encontraban atrincherados los
astures, los cántabros y los vascones. No es hasta el año 19 a. C. cuando Augusto los
considera finalmente sometidos. Ver a toda la península ibérica dominada por
una sola res publica es algo que no volveremos a ver hasta el s. XVI durante el
reinado de Felipe II.
Entendemos
por Romanización
el proceso de asimilación del modo de vida romano por los pueblos sometidos.
(Hay quienes hablan de un proceso de aculturación a partir de la
colonización). En líneas generales,
podemos afirmar que Hispania fue una de las provincias donde la “romanidad”
arraigó con más fuerza, aunque de una manera desigual: más rápido y profundo en
el sur y en levante, y más lento y superficial en el norte; y dentro de la
actual Andalucía más rápido y profundo en las costas y en el valle del Guadalquivir
y más lento y superficial en las zonas del interior de las provincias de
Almería, Jaén y Granada, alejadas de los cauces fluviales del Guadalquivir y
del Genil). De todas formas, podemos pensar que el territorio al que hoy
llamamos Andalucía fue uno de los más romanizados, no sólo de la península sino
de todo el mundo mediterráneo.
Factores de
Romanización.
El
elemento humano, la lengua latina, las vías de comunicación y la religión
fueron los más importantes factores de romanización.
(1)
El elemento humano. La presencia del ejercito romano en Hispania fue
constante y numerosa desde el principio; para muchos indígenas la vía más fácil
de promoción social era alistarse en las legiones auxiliares; los campamentos
romanos estables, por su parte, dieron lugar a núcleos de población con usos y
costumbres romanos, y finalmente muchos soldados romanos, a licenciarse,
optaron por quedarse en Hispania como colonos agrícolas, puesto que, tras su
jubilación, recibían lotes de tierras en propiedad. Muchas de las grandes
ciudades de España tienen su origen en colonias romanas; en Andalucía
encontramos Corduba, Hispalis, Urso, Astigi, Itálica, Antiquaria, Carmo y
muchas más, ya se trate de núcleos de población “ex novo” o con base en un
asentamiento indígena anterior.
Por
otra parte, hay que considerar que, como ha ocurrido siempre, mercaderes,
artesanos y mucha población civil seguían a los ejércitos, dispuestos a
aprovecharse de las riquezas que los nuevos territorios conquistados les
ofrecían. Esta población civil romana era la primera en entrar en contacto con
los habitantes de las zonas por donde el ejército avanzaba.
(2)
La lengua latina. De la gran variedad de lenguas que existían en la Península antes de la
llegada de los romanos, sólo ha logrado
pervivir el vasco: todas las demás fueron sustituidas por el latín, pues una
lengua única es sistema más cómodo y práctico para mantener relaciones
políticas, sociales, culturales… Los peninsulares aprendieron latín, en un
principio, de viva voz, mediante el trato con soldados y civiles. Conforme
avanzaba el proceso de colonización, se fueron abriendo escuelas a semejanza de
las de Roma, especialmente en la Bética. Prueba de que la Bética conoció la lengua de
los romanos muy pronto fue el hecho de que, cuando Julio César reúne en Córdoba
a los jefes de las poblaciones que le habían ayudado en su lucha contra Pompeyo
en la guerra civil, les da las gracias en latín sin necesidad de intérpretes.
En
el s. I el latín está ya generalizado y el número de escritores nacidos en
Hispania ocupa un lugar destacado, no sólo por su cantidad sino también por la
calidad de los mismos: los cordobeses Séneca y Lucano, Quintiliano, Marcial o
el gaditano Columela.
(3)
Las vías de comunicación. Roma prestó especial atención a los puertos
marítimos (Gades, Malaca, Sexi… y fluviales (Hispalis), pero sobre todo creó
una amplia red de calzadas. Las más importantes fueron la Vía Hercúlea,
construida en época republicana, y la
Vía de la
Plata. La primera era la continuación de la vía Augusta al
entrar en Hispania por los Pirineos, y que, bordeando la costa de levante en un
trazado muy parecido al de la actual autopista del Mediterráneo, llegaba a
Cartago Nova. Desde allí ascendía para entrar en Andalucía por Castulo (cerca
de Linares) y seguir hacia Corduba, Astigi, Hispalis y Gades.
La
vía de la Plata
mantiene todavía su nombre y un trazado
muy similar, ya que unía Hispalis con Emerita y ésta con Asturica (Astorga) y
el apellido “de la Plata”
deriva de la cantidad e este mineral que llegaba hasta el puerto de Gades
procedente de las minas del Norte en Asturias y Galicia. En toda Andalucía, así
como en el resto de de la
Península, podemos ver los restos de multitud de calzadas
secundarias, muchas de las cuales han estado en uso hasta fechas recientes.
Fieles testigos de las mismas son los puentes que salvaban las dificultades del
terreno, entre los mejor conservados los de Alcántara, Mérida o el de Córdoba.
(4)
La religión. El estado romano respetó las religiones indígenas al no ver
en ellas ningún peligro político, únicamente, a partir del imperio, la res publica promueve, por razones
políticas, el culto a la diosa Roma y al emperador de turno. Sin embargo, no
fue la religión romana clásica un importante factor de romanización, sino el cristianismo.
Aunque no tenemos noticias concretas sobre la fecha y las circunstancias de su
entrada en Hispania, la tradición nos habla de que el apóstol Santiago ya vino
a evangelizar la provincia. Los datos más reveladores los encontramos en el s.
III d. C., pues a partir de las persecuciones del emperador Decio y sus
sucesores, la tradición mantiene también el nombre de bastantes mártires en
ciudades como Sevilla (Justa y Rufina), lo que indica que el cristianismo
estaba ya muy extendido.
Distribución territorial
de Hispania.
Hispania
en un principio estuvo dividida por razones administrativas en dos provincias: la Ulterior, (la de más allá); y la Citerior (la de más acá) y, aunque los límites no
eran precisos, el territorio de Andalucía pertenecería mayoritariamente a la Hispania Ulterior.
Fruto
de la división por Augusto de la antigua Hispania Ulterior, aparece la
provincia hispana de la Baetica que se
extendía por la Andalucía
occidental y central. La provincia de Almería y parte de las de Jaén y Granada
estaría administradas por la
Tarraconensis.
La Baetica, con capital en
Corduba, se hallaba dividida en cuatro conventos o distritos jurídicos:
Corduba, Hispalis, Gades y Astigi y, por ser una provincia tempranamente
romanizada y sin grandes conflictos internos, su administración dependía de
Senado a través de un procónsul. Se trataba de un territorio muy fértil que exportaba trigo, aceite y vino
y en donde también encontramos importantes explotaciones mineras de plata (Ilipa) y mercurio (Sisapo, Almadén). En la
costa destacaban las explotaciones pesqueras del litoral gaditano y onubense.
Una
de las ciudades más sobresalientes de la Baetica fue Italica, cuna de los emperadores
Trajano y Adriano, y núcleo urbano de primer orden que todavía conserva las
ruinas de su anfiteatro, su teatro, sus lujosas viviendas y sus termas. Pero
esta ciudad acabaría eclipsada por su vecina Hispalis, debido a la situación estratégica junto al Baetis.
Entre
los restos arqueológicos que todavía se pueden visitar caben destacar los
siguientes:
Corduba: un puente aún en servicio e
innumerables fustes y capiteles reutilizados para la mezquita junto con los
traídos desde Mérida, Baelo Claudia,
(Bolonia), el faro Turris Caeponis
(Chipiona) y la necrópolis de Carmona.
La
provincia Tarraconensis surgió
igualmente de la división territorial de Augusto. Ocupaba los territorios de la
antigua Hispania Citerior, entre los que se encontraba el oriente andaluz.
Constituía una provincia de rango imperial, sometida al control directo del
emperador, sin intervención del Senado. Su capital era Tarraco y estaba dividida en siete conventos o distritos jurídicos,
de los cuales, sería el de Cartago Nova (Cartagena) del que dependería parte de
las provincias de Jaén, Granada y la de Almería.
Desde el punto de vista
económico la Tarraconensis
sobresalió por la extracción de minerales (Galicia y Asturias), la producción
agrícola concentrada en el valle del Duero y del Ebro. En la zona andaluza se
cultivaron plantas textiles como el esparto o el lino, aunque lo que más
destaca es la pesca y la industria de salazones de pescado, como la exportación
del garum, en los puertos de Granada y Almería.
La Tarraconensis
andaluza no puede competir con la
Baetica en restos arqueológicos, pero quedan diseminados en
todo este territorio villas, acueductos, teatros y muchos nombres topográficos
que provienen del latín y que son exponente de la cultura romana como Urci,
Ilurco o Baria.
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