De familia noble, rechazó la invitación de Darío para ser Rey de Éfeso. Es un misántropo por
cuyos breves y enigmáticos pensamientos fue apodado el Oscuro.
1. Afirmó radicalmente que todo cambia y nada permanece; el universo es un continuo devenir en el que nada es idéntico consigo mismo porque todo está sometido a continuas transformaciones. El mundo está en flujo permanente, por lo que no es posible introducirse dos veces en el mismo río, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, dado que por el ímpetu y la velocidad de los cambios se dispersa y vuelve a reunirse, viene y desaparece.
2. El principio del universo más afín a esta movilidad constante es el fuego,eterno, encendiéndose o apagándose según cierto orden y medida:
Este mundo (...) no lo ha creado ningún hombre o dios; siempre fue, es y será fuego
eternamente vivo.
Todas las cosas se cambian recíprocamente con el fuego y el fuego, a su vez, con todas las cosas, como las mercancías con el oro y el oro con las mercancías.
3. Tanto las cosas individuales como el universo entero salen del fuego y vuelven a él, perecen en fuego, en una especie de conflagración universal, para luego volver a renacer. Apunta así la idea de ciclo cósmico, una versión del mito griego del Eterno Retorno, que reaparecerá en Platón y los estoicos.
La ley que rige el universo es la lucha de contrarios. Todas las cosas surgen de la contradicción, de la discordia, de la guerra. Pero en sus extremos los contrarios se funden en una sola cosa.
La enfermedad hace a la salud agradable y buena, el hambre a la hartura, el cansancio al descanso.
La guerra es el padre y rey de todas las cosas.
La guerra es común a todas las cosas y la justicia es discordia, y todas sobreviven
por la discordia y la necesidad.
4. Pero la contradicción engendra armonía. La armonía que caracteriza al universo no es
una armonía estática, sino dinámica: un "equilibrio dinámico de tensiones entre contrarios", una armonía tensa, como en el arco o la lira (Fr. 51), aunque difícil de comprender para los hombres. De este modo anticipó con acierto lo que será conocido después como pensamiento dialéctico.
Lo contrario llega a concordar, y de las discordias surge la más hermosa armonía
Dios es día-noche, invierno-verano, guerra-paz, hartazgo-hambre (todos los opuestos, este es su significado); cambia como el fuego, al que, cuando se mezcla con perfumes, se denomina de acuerdo con la fragancia de cada uno de ellos.
Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en éstas y éstas en aquellas.
Para Dios todas las cosas son hermosas, buenas y justas, pero los hombres han supuesto que unas son justas e injustas otras.
5. El cambio, el devenir, no sucede de modo caótico o irracional, sino de acuerdo con un cierto orden. En el universo hay una ley única, una razón oculta, un lógos que todo lo orienta y unifica. Heráclito afirma que esa razón universal está también en el hombre, y constituye su propia razón. Por eso el orden de lo real es compatible con el orden de la razón. Tanto la mente humana como la realidad están regidos por las mismas leyes.
El problema es que la mayoría de los hombres parecen no querer atender a ese logos, viven distraídos y "sonámbulos":
Siempre se quedan los hombres sin comprender que el Logos es así como yo lo describo, lo mismo antes de haberlo oído que una vez que una vez que lo han oído;
(...) Por tanto es necesario seguir lo común; pero, aunque el Logos es común, la mayoría vive como si tuviera una inteligencia particular. (...) Tras haber oído al Logos y no a mí es sabio convenir en que todas las cosas son una.
6. El alma humana es una parte del cosmos; tiene naturaleza ígnea ("fogosa") y está en
continua modificación, por lo que experimenta en sí misma la tragedia del devenir y la
contradicción. La misión del alma es conocer el logos universal y para ello ha de penetrar en sí misma. El alma se mantiene viva por el conocimiento y gracias a él conserva su máximo carácter ígneo, sobrevive a la muerte y se une definitivamente al fuego cósmico. Las almas del común de los mortales, en cambio, suelen ser húmedas no ígneas:
Los límites del alma no podrás hallarlos aunque transites todos los caminos; tan profundo es su logos
Un hombre cuando está ebrio es conducido por un niño imberbe y va dando tumbos, sin saber por dónde va con su alma húmeda.
7. En este texto Nietzsche compara la visión del Universo de Anaximandro con la de Heráclito. Anaximandro entiende que la simple existencia es una injusticia, una culpa, que debe pagarse con la muerte. Heráclito, al contrario, contempla el Universo como un juego, un juego que juega el Logos, el Fuego consigo mismo. Es un error pensar que el mundo tiene sentido, tiene tanto sentido como el niño que "hace y deshace castillos en la arena".
¿Existe culpa, injusticia, contradicción y dolor en este mundo? iSí!, exclama Heráclito, pero sólo para el hombre de inteligencia limitada que ve únicamente lo separado, y no la unidad; y no para el dios. Para éste, todas las cosas y sus contrastes, los contrarios, no conforman más que una totalidad armónica, invisible para el ojo del hombre común pero comprensible para quien, como Heráclito, es semejante al dios contemplativo. Ante su ardiente mirada no queda ni una sola gota de injusticia en el mundo que se expande a su alrededor; incluso Heráclito superará aquella dificultad cardinal -cómo es posible que el fuego puro pueda adoptar formas tan impurasmediante una metáfora sublime. Un regenerarse y un perecer, un construir y destruir
sin justificación moral alguna, sumidos en eterna e intacta inocencia, sólo caben en este mundo en el juego del artista y en el del niño. Y así, del mismo modo que juega el artista y juega el niño, lo hace el fuego, siempre vivo y eterno; también él construye y destruye inocentemente; y ese juego lo juega el eón "consigo mismo".
Metamorfoseándose en agua y en tierra, lo mismo que un niño construye castillos de arena junto al mar, el fuego eterno construye y destruye y de época en época el juego comienza de nuevo. Un instante de saciedad; luego, otra vez le acomete la necesidad tal y como al artista le oprime y le obliga el deseo de crear. No es el ánimo criminal suscitado por la saciedad, sino el ánimo incesante de jugar el que da vida nuevamente a los mundos. El niño se cansa de su juguete y lo arroja de su lado o de inmediato lo toma de nuevo y vuelve a jugar con él, según le dicta su libre capricho.
Mas en cuanto construye, no lo hace a ciegas, sino que ensambla, adapta y edifica conforme a leyes, siguiendo un patrón, y conforme a un orden íntimo.
Nietzsche, F. La filosofía en la época trágica de los griegos.