Alguien, llamado Asterion, cuenta (o piensa) en primera persona su vida recluida en un hogar infinito, en un laberinto. Reflexiona permanentemente pues nada más tiene que hacer salvo recibir cada nueve años a nueve hombres para que sean librados del mal. El Asterión espera a su redentor que quizá lo lleve a otra casa menos intrincada y con un fin. Ese laberinto que lo ha acompañado durante toda su existencia y que es todo lo que conoce.
El relato termina cuando Teseo da aviso de haber matado al Minotauro de Creta –nuestro Asterión. Esas dos últimas líneas, en estilo indirecto, dan el desenlace y la clave del cuento. “Ya no quedaba ni un vestigio de sangre. ¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotáuro apenas se defendió”.

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