Últimas reflexiones la víspera de su ejecución de un criminal nazi, Otto Dietrich. Lo notorio es su extrema inteligencia, amante de la música de Brahms, lector de Shakespeare, Nietzsche y Splenger. Su discurso, es su postura ante la vida, en la hora de su muerte: No pretendo ser perdonado, porque no hay culpa en mí, pero quiero ser comprendido”. Es la exculpación de un nazi que conserva una fe inalterable en la bondad de su causa, más allá de la derrota propia Repasa su afiliación al partido nazi, la batalla en que las heridas lo dejaron tullido de por vida, su cargo de subdirector de un campo de concentración, y su relación con David Jerusalem, a quien atosiga y tortura como un trámite necesario para implantar la causa nazi, de cuya legitimidad está convencido. Se ensaña hasta el máximo con una finalidad: acabar con cualquier vestigio de piedad que lo apartase de el Orden Nuevo que iba a nacer en Europa de la mano del nazismo.
La derrota de Alemania provoca en él, paradójicamente, “el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad”, pues considera, que nada es trivial en la historia del mundo y que la dolorosa destrucción de Alemania es necesaria para la consolidación del nazismo : Muchas cosas hay que destruir para edificar el nuevo orden; ahora sabemos que Alemania era una de esas cosas. Hemos dado algo más que nuestras vidas, hemos dado la suerte de nuestro querido país.
En sus reflexiones finales no se muestra asustado ante la muerte que le espera; más bien está aliviado de expurgar su culpa.

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