Dos amigos intelectuales desvelan, en la época actual, el misterio acaecido hace unos años en un extraño laberinto construido en Cornwall por Abenjacán el Bojarí, caudillo o rey de no sé que tribu nilótica, que murió en la cámara central de esa casa a manos de su primo Zaid. Abenjacán se había refugiado en Inglaterra huyendo del fantasma vengador de su primo Zaid, a quien había asesinado para no tener que compartir el tesoro con el que había logrado escapar de las manos de sus antiguos súbditos, ahora rebelados contra los dos primos tiranos. Cierto día arriba a Cornwall una nave exótica. Al poco tiempo el cadáver de Abenjacán aparece, desfigurado, en su recinto, y lo mismo hace con el león y el esclavo.
Una incoherencia en el relato permite a uno de los dos amigos, matemático de profesión, intuir que la historia oficial es falsa. La realidad sería otra: no fue Abenjacán quien se había refugiado en el laberinto, sino Zaid. Éste habría sido, por tanto, el que habría abandonado en África al valiente Abenjacán, llevándose el tesoro y haciéndose pasar por él y haciendo correr la voz de que Zaid había muerto. Sería el primo, Zaid, el que habría construido tan extraño edificio —un laberinto— en la costa de Inglaterra; el que, en fin, habría atraído allí a su airado primo para darle muerte.
El relato, con esa mezcla de ambientes —europeo y africano— tan grata a Borges, participa de las características del relato policial (un asesinato con un dato confuso; un investigador ocasional, que acierta con la clave del misterio a partir de un detalle sin importancia aparente) y de la novela de aventuras: suplantación de la personalidad (tan característica de Borges) con “suspense” hasta el final de la historia.

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